¿Equipos homogéneos o heterogéneos?

Actualizado: 8 de may de 2020


"Estoy de acuerdo con que los agrupamientos homogéneos no ayudan, pero no estoy segura de ser capaz de dar razones que suenen convincentes a quienes creen que sí ayudan".


Acabo de recibir este mensaje de una profesora que está haciendo el curso de iniciación al aprendizaje cooperativo. Es difícil responder en un pequeño artículo, pero voy a intentar compartir algunas claves. Ojalá lo consiga... y ojalá ayude.


Hasta hace unas décadas el objetivo de la escuela incluía la tarea, manifiesta o soterrada, de filtrar y homogeneizar al alumnado, creando élites intelectuales y socioculturales. La primera consecuencia de este modelo era la exclusión o segregación de aquellos alumnos considerados inferiores e inservibles para el sistema educativo por ser considerados diferentes de la mayoría dominante como resultado de sus deficiencias o limitaciones personales. En la actualidad, la apuesta por garantizar una educación con igualdad de oportunidades para todos ha transformado por completo la imagen de las aulas y las ha llenado de diversidad en lo que se refiere a aptitudes, perfiles de aprendizaje, intereses, etc. Aun así, seguimos contando con itinerarios educativos en los que parte del alumnado es segregado (un ejemplo en el sistema educativo español es el PMAR - Programa de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento, heredero de los programas de Compensación educativa y Diversificación Curricular).


La diversidad creciente en las aulas no es percibida de la misma manera por todos. Muchas personas miran esta realidad de diversidad desde una perspectiva individual (Echeita, 2007) que considera que las dificultades de aprendizaje de los alumnos se deben a sus limitaciones personales o sociales, por lo que se les debe prestar una ayuda especial que los demás alumnos no requieren, de tal manera que, una vez que ese grupo es definido como especial, el resto de la población escolar puede considerarse normal. Desde esta perspectiva, todavía presente hoy en no pocas mentalidades y prácticas escolares, muchos profesores siguen asumiendo de manera férrea ciertas creencias que dificultan el camino hacia la inclusión de los alumnos con dificultades:


  • Primero, que los alumnos aprenden mejor en grupos homogéneos, porque de esta forma resulta más fácil corregir las deficiencias de los alumnos con idénticas dificultades y porque así estos alumnos no suponen un lastre para el aprendizaje de los compañeros más brillantes.

  • Segundo, que los estudiantes lentos desarrollan más actitudes positivas sobre ellos mismos y la escuela cuando no son ubicados en grupos con otros compañeros que son más capaces.

  • Tercero, que resulta más fácil al profesorado enseñar y adaptarse a las diferencias individuales en grupos homogéneos.

Ya Oakes (2005)* desmontaba en la década de los 80 estas ideas, demostrando que el agrupar al alumnado en función de su capacidad no sólo refleja las desigualdades sociales sino que además ayuda a perpetuarlas, que los agrupamientos homogéneos no ayudan a nadie a aprender mejor, y que no es cierto que los alumnos ubicados en grupos homogéneos de rendimiento promedio y de bajo rendimiento desarrollen actitudes positivas. Es más, una vez que los alumnos de bajo rendimiento están agrupados en una clase homogénea, son etiquetados por los demás en el colegio, y tanto sus profesores como sus familias rebajan sus expectativas, al igual que ellos, que además muestran más actitudes negativas y conductas disruptivas. A todo esto se suma un encasillamiento de las actuaciones didácticas, lo que en definitiva desemboca en la ausencia de mecanismos por parte del sistema educativo, de los centros escolares y de las prácticas docentes para atender y responder con equidad a la diversidad del alumnado.


En la investigación de Oakes se evidenció que en los grupos homogéneos de alumnos de bajo rendimiento académico:

  • El tiempo dedicado por el profesorado a actividades de enseñanza y aprendizaje era menor (dedicando más tiempo a rutinas de aula, a la disciplina y a actividades puramente sociales).

  • Los alumnos tenían un menor acceso al conocimiento y al aprendizaje, por el tipo de contenidos que trabajaban en el aula, con las implicaciones de inequidad en el futuro de estos alumnos.

  • Las expectativas de sus profesores con respecto al aprendizaje de conductas eran también mucho menores (no promoviendo por ejemplo conductas de pensamiento crítico sino de aprender a trabajar en silencio, por ejemplo).

Si bien Oakes transmite la idea de que agrupar de manera homogénea al alumnado en diferentes aulas es perjudicial, creo que puedo afirmar, por mi experiencia de trabajo en aulas cooperativas, que también esa homogeneidad es perjudicial cuando se aplica a los equipos cooperativos dentro de una misma aula.


Los agrupamientos homogéneos perjudican a los alumnos de bajo rendimiento. Recuerdo dos situaciones muy concretas, en años diferentes, en las que el equipo de profesores decidimos agrupar de man